¿Tecnología o factor humano? ¿Qué es más importante en la conducción?

Este artículo pese a que lo publico con mi usuario ha sido escrito por mi hermana que como buena Psicóloga nos trae este tema que es tan interesante.

Si pensamos en los coches que tenían nuestros abuelos hace 30 o 40 años, podemos visualizar un vehículo bastante diferente a los que nos encontramos en la actualidad: nos sentábamos en asientos mucho más rígidos que los que tenemos en los coches actuales; probablemente, sin cinturón de seguridad en la parte trasera; bajando las ventanillas en busca de aire fresco en verano, y bien apretaditos en invierno; con limitada variedad musical y, desde luego, sin un sistema de GPS que supiera cómo trasladarnos de un  punto A a un punto B.

Los avances tecnológicos han llevado la conducción a ser una actividad mucho más placentera para aquellos que la ponen en práctica tanto a diario, como ocasionalmente. A día de hoy, se estudia la ergonomía de los asientos; la disposición de las diferentes herramientas de conducción (volante, intermitentes, palanca de cambios, etc.); cuántos airbags son necesarios para garantizar la protección de conductor y pasajeros; cuáles son los mejores tejidos para asegurar el funcionamiento del cinturón de seguridad y se han elaborado decenas de ayudas a la conducción (luces automáticas, asistencia de aparcamiento, detección de obstáculos para el frenado, etc.) que, sin lugar a dudas, en los últimos años han incrementado sustancialmente su seguridad.

Es impensable cuestionar la importancia de la tecnología en el desarrollo de los vehículos actuales, pero la realidad es que a todos los recursos que tenemos a nuestra disposición les podemos sacar el máximo rendimiento o, por otra parte, podemos conseguir que su presencia sea prácticamente irrelevante.

El factor humano en la conducción hace referencia a cómo las personas hacemos uso de nuestras habilidades cognitivas en la carretera. Existen una serie de procesos psicológicos básicos que están altamente implicados en el acto de conducir y sobre los que diversas campañas de concienciación nos han insistido porque pueden llevar a que un trayecto seguro se convierta en temerario.

Atención

La atención es la capacidad del ser humano de focalizar sus recursos cognitivos en un estímulo concreto. Cuando estamos conduciendo, en realidad prestamos atención a una cantidad de estímulos bastante numerosa (señales de tráfico, nuestra propia velocidad, otros coches que circulan con nosotros, aspectos climatológicos, etc.), por lo que la actividad exige que nuestra mirada esté puesta en la carretera.

Por esta razón, los psicólogos solemos recomendar evitar las discusiones de pareja o familia en el coche, ya que la persona que conduce no puede hacerse cargo de vigilar y atender a más de una alerta cuando va al volante.

De igual modo, está prohibido el uso del teléfono móvil al volante porque supone que nuestra atención deja de enfocarse en la carretera para centrarse en la conversación pendiente. En la actualidad, el uso del WhatsApp supone un peligro aún mayor, por el funcionamiento basado en la lectoescritura.

Diversos estudios han demostrado que, después del primer minuto y medio de prestar atención al teléfono, la atención a la carretera se ha visto reducida hasta el punto de que ya no se percibe el 40% de las señales de tráfico.

Eso supone que podemos saltarnos un semáforo en rojo, un Stop, un paso de peatones, y haber atropellado al menos a una persona inocente. Por un WhatsApp.

Velocidad y Percepción

Muchas personas se preguntan: ¿Para qué existen los límites de velocidad en carretera? ¿Y por qué no podemos ir a más de 50 km/h en ciudad?

Responder a la segunda pregunta es mucho más sencillo: en ciudad se da la convivencia con peatones y otros vehículos y, especialmente, los primeros, son un colectivo vulnerable ante una situación de atropellamiento.

Los estudios han demostrado que una colisión a más de 55 km/h entre un vehículo y un peatón supone una alta probabilidad de muerte. Además, entre 40 y 55 km/h ya se dan casos de invalidez en la víctima y es frecuente que el resultado sea la muerte pues, para que sea más visual, el impacto contra el vehículo equivale a que la persona se hubiese tirado desde un tercer piso.

Con frecuencia, nos comparamos con Alemania y su zona de conducción libre, “¿Por qué no podemos tener nosotros la posibilidad de conducir a la velocidad que queramos?” Es cierto que tampoco se suele mencionar la otra cara: en las zonas de conducción libres de Alemania, el número de muertes en carretera se multiplica por tres.

Esto tiene que ver con otra cuestión básica de la psicología: la capacidad de percepción. Mediante la visión, somos capaces de detectar los estímulos a los que después prestaremos mayor o menor atención, pero lógicamente nuestra percepción se ve alterada por múltiples factores (conducir de noche, con lluvia…) y, efectivamente, uno de ellos es la velocidad.

A 200 km/h, el campo visual (es decir, tu capacidad de percibir lo que hay a tu alrededor) se ha reducido en un 70%. Básicamente, tu trayecto se ha convertido en un recorrido casi suicida.

Pero, sin llegar a los 200 km/h, en España nos planteábamos el aumento de velocidad en autopistas y autovías hasta 130 km/h y, muchos de los conductores podrían pensar: “son solo 10 km/h más”. Sin embargo, esto es una verdad a medias.

A la hora de calcular un impacto y el daño que produce, se tiene en cuenta la siguiente fórmula:

  • Masa del vehículo x Velocidad del vehículo al cuadrado

Imagino que os habréis dado cuenta: no es lo mismo 120 al cuadrado, que 130 al cuadrado. Y, por ende, las consecuencias del impacto son mucho mayores. De hecho, veámoslo en kilos:

A 50 km/h, una persona de 70 kg. Se precipita hacia adelante en un accidente con su peso en equivalencia a 3000 kg. Sería como si colisionara contra la espalda del conductor un elefante africano de tamaño mediano.

Y, en altura, una colisión a 120 km/h supone caer desde, aproximadamente, un piso 16. ¿Cuántas personas conocemos que hayan sobrevivido a semejante caída?

¿Por qué las campañas de prevención han cambiado en los últimos años?

Si bien inicialmente las campañas de tráfico estaban basadas en proporcionar datos estadísticos sobre los accidentes y sobre las herramientas del vehículo a nuestra disposición para prevenirlos (uso del cinturón, moderación de velocidad, etc.), actualmente se aboga por un estilo más impactante para transmitir el mensaje de necesidad de precaución al volante.

Las últimas campañas en España nos preguntaban sobre cómo queríamos volver a casa (siendo una de las opciones un coche fúnebre) y dónde queríamos pasar nuestras vacaciones (señalando la alternativa del hospital).

Las personas caemos frecuentemente en lo que se conoce como “sesgo optimista”, una tendencia de pensamiento por la que subestimamos la probabilidad de sufrir un evento negativo, como un accidente de tráfico: “esas cosas no me pasan a mí”.

Sin embargo, por mucho sesgo que generemos tenemos una capacidad emocional que hace que algo se remueva cuando vemos ese tipo de advertencias publicitarias. Algo que, coloquialmente, llamamos “mal cuerpo”.

Pero, objetivamente, ese “mal cuerpo” ha mostrado mucho mejores resultados en el ámbito de la prevención que campañas en las que no se apela a nuestra parte emocional.

Esto se debe a que nuestra capacidad de empatizar y de conectar con el sufrimiento ajeno, como seres sociales que somos, se pueden convertir en el principal agente motivador para un cambio en nuestro estilo de conducción.

El ser capaces de pensar y reflexionar sobre el cómo lo que nosotros hacemos puede tener implicaciones en nuestra pareja, hijos, hermanos, primos, vecinos, o en cualquier persona que había salido tranquilamente a disfrutar de su día.

Por suerte, esta capacidad sigue siendo algo inherente a la condición humana, y no existe tecnología actual que pueda facilitarnos la habilidad de conectar con nuestras emociones y con las de los que nos rodean.

Cuidémosla.

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